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OPINIÓN

Movilidad Aérea Avanzada: el cielo como nueva infraestructura

14 de septiembre de 2026

Jairo Fierro Garzón

Socio de Ari Consulting Group
Canal de noticias de Asuntos Legales

Un órgano para trasplante no puede quedar atrapado durante horas en la congestión vial. Una comunidad aislada no puede depender indefinidamente de una carretera que no llega. Y cuando ocurre una emergencia, responder oportunamente no es una opción: es una responsabilidad del Estado. Ahí empieza a entenderse la Movilidad Aérea Avanzada (AAM): no como ciencia ficción ni como una aeronave particular, sino como un ecosistema capaz de conectar, asistir y responder.

Entendida de esa manera, reducir la AAM al “taxi volador” es quedarse corto. En este ecosistema convergen sistemas de aeronaves no tripuladas (UAS), aeronaves eléctricas de despegue y aterrizaje vertical (eVTOL), automatización, infraestructura, energía, sistemas digitales de gestión del tránsito, fabricantes, operadores, autoridades y usuarios. La aeronave es apenas una pieza de una arquitectura mucho más amplia.

Por eso la pregunta importante no es cuándo veremos taxis aéreos sobre nuestras ciudades, sino qué capacidades queremos desarrollar y para resolver qué problemas. Un eVTOL puede despegar y aterrizar verticalmente y, según su configuración, transportar pasajeros o carga; un UAS puede apoyar actividades de inspección, agricultura de precisión, vigilancia ambiental, logística, búsqueda y rescate. Lo verdaderamente transformador no es la aeronave, sino la capacidad que ese ecosistema pone al servicio de la sociedad.

En Colombia, esa pregunta adquiere una dimensión particular. Nuestra geografía todavía convierte distancia en aislamiento: Amazonía, Pacífico, Llanos, cordilleras y municipios apartados muestran que la conectividad no siempre puede depender de una nueva carretera o de una ruta aérea convencional. La AAM abre una posibilidad complementaria: utilizar capacidades aéreas allí donde el territorio, el tiempo o una emergencia hacen insuficientes las soluciones tradicionales.

Su valor se vuelve aún más evidente frente a desastres naturales. Después de un terremoto, una inundación, un deslizamiento o un incendio forestal, estas tecnologías pueden ayudar a identificar daños, localizar personas, transportar suministros y apoyar a los equipos de emergencia cuando las vías terrestres están bloqueadas.

Pero capacidad tecnológica no significa capacidad operacional. Para escalar se necesitan aeronaves seguras, operadores competentes, infraestructura, telecomunicaciones, integración con el espacio aéreo convencional, ciberseguridad y confianza pública. Y aquí aparece el verdadero reto: la regulación tendrá que aprender mientras la tecnología demuestra.

No se trata de esperar a que el mercado llegue para empezar a regular, ni de escribir hoy reglas rígidas para tecnologías que mañana pueden ser distintas. Se trata de experimentar de manera controlada, medir riesgos, construir evidencia y permitir que autoridad e industria avancen en paralelo, sin confundir colaboración con ausencia de control.

América Latina, además, tendrá que avanzar hacia una mayor armonización. Una tecnología regional y global difícilmente podrá escalar si cada país construye requisitos incompatibles con el vecino.

Colombia debería empezar por una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿qué capacidades de la Movilidad Aérea Avanzada necesita realmente el país? La respuesta debería orientar la regulación, la infraestructura, la formación de talento y la política pública.

Porque el futuro no consiste simplemente en poner más aeronaves en el cielo. Consiste en convertir el cielo en una infraestructura capaz de resolver problemas que todavía no hemos podido resolver en tierra.

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